me he hundido hoy día en el egoísmo más repulsivo
y me pregunto si ellas debieran, un día de estos, poseer algún precio,
me intrigo pensando si su gratuidad debiera tomar lugar siempre,
si cada contacto merece que los pómulos se me levanten,
o si, a veces, debiera arrancarme la gracia de un manotazo.
Recuerdo, claro, el sonido de un abrumado violín,
chillando, rabioso, lastimero, sin voz,
no porque no la posea, sino porque él, como nadie, no la necesita
ha perdido las piernas, las extraña, se le derrumban las ganas, no tiene miedo, es libre, vive su herida
la cree su último suspiro y pretende hacerse escuchar entre una resignada huida.
Él cree en la muerte, en los puntos finales,
los vive, recuerda, saborea su amargo declive,
entiende las despedidas, pero las aborrece,
quiere liquidaras, mas sólo le van sobrando las energías de gritarse,
apretarse las cuerdas, desordenarse en la delicadeza más moribunda,
se sabe derrotado, y no le importa el mañana, sólo palpa su soledad profunda.
Lo tuve entre mis brazos, lo recuerdo entre burlas y vergüenzas brutas,
él me hablaba de la tristeza, yo no lo comprendía,
él me enseñaba sobre la no comprensión,
él no quería ser entendido, quería desechar la razón,
él quería soltar el alarido más rebelde,
ese que no le interesa el trabajo de la mente,
no quería ser un intelectual,
ni serio, ni especial,
quería morir entre un sonido que valiera por ser el último,
sin temores, ni reprimido,
ya no creía compañía,
quería llevarme a una habitación oscura, si saber quién mierda es Paulina,
sin morbo, pretendía que yo oyera sus delirios,
su dolor álgido y desesperado,
pero él terminó hundido entre mis huellas,
le monsee el alma para que gritara mis letras,
no las entendió, y no le importó,
sabía bien que yo, como él, no quería explicar,
sabía bien que yo, como él, sólo quería dejar brotar las lágrimas que él se vería obligado a saborear,
sabía que no quería ser consolada, que nada más esperaba que se diera el trabajo de verme abatida,
que me sintiera empuñar las manos, como queriendo que el dolor no se me arrancara de entre los dedos,
que me sintiera empuñar las manos, como queriendo que el dolor no se me arrancara de entre los dedos,
yo quería que él sintiera que me tiembla el alma hoy día,
que ya no le temía,
porque, por esa única vez, seguíamos siendo sólo nos dos en esa habitación vacía,
donde las cuerdas de mi torpe voz eran abolidas,
porque para eso esta él ahí,
para sonar por mí,
para enfriarse conmigo, para morir conmigo,
desinteresado, querías correr conmigo,
rápido, ágil e impulsivo.
A mi triste violín,
no lo he vuelto a oír,
pero él era de esos que no necesitan volver,
de esos que dejan una cicatriz inborrable, imposible de perder,
sí, pueden haber pasado ya diez años desde que no me ha vuelto a ver caer,
pero no importa, ya ha pasado por mi vida,
me ha dejado el recuerdo y la sabiduría,
creemos, juntos, sí siempre juntos, que la muerte existe,
que los puntos finales gritan su caída dejando ecos en medio del pecho,
que merece la pena ser libre en medio de la habitación oscura de las desdichas,
que merece la pena dejar de pensar en mañana,
que hay días en los que no espero que salga el sol,
ni me interesa su cínica luz,
y el optimismo es una reverenda huevada cuando se debe chillar sin norte ni sur.
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