El viento soplaba helado, como era de esperase en una de tantas noches playeras invernales.
Nosotros caminábamos del brazo y a veces de la mano, cálidos andábamos, felices sin más mundo que el que se hallaba frente a nuestros ojos.
La alegría y las risas por esas calles no se agotaban; mirábamos el mismo cielo durante tres noches y nos quisimos hasta el carajo.
Nos besamos mil veces, nos tocamos a diario, dormíamos bajo el mismo techo y, mejor aún, dormíamos entre las mismas sábanas.
Nuestro camino duró aquellos grandes días, vagando juntos sobre las cuadras de donde no somos ni conocíamos, pero aquello nunca pareció importar, las sorpresas eran para ambos, las canciones eran nuestras y la costumbre me agarró el alma desde aquellos momentos.
Déjame contarte, amigo mío, que no he vuelto a quedarme dormida sin hacer resonar tu nombre en mi cabeza. Tu nombre, tus mil nombres, tú simbolizas todo aquello que, para mí, ahora es el amor, divino y fantasioso, caprichoso y juguetón, embragado y verdadero. Sí, tú eras la verdad, la verdad del amor, esa verdad que dura cuatro días y tres noches, esa verdad que nos enseñamos como los mejores profesores.
La verdad dulce y cruda, que sabe morir en un fin sin respuesta, que no requiere de una despedida, que supimos asumir su huida ya en las calles solitarias a donde nos ha tocado volver, con un recuerdo idealizado de un beso por la mañana seguido por un desayuno cariñoso.
Y te digo, que mientras no volvamos a las que fueron nuestras calles doradas, no volveremos a mirarnos con aquella luz libertaria de la soledad de ambos, sin distracciones que desde allí son absurdas. Ni un alma más importa por ahí.
Entre el bullicio de la capital tú te pierdes, yo me pierdo, leemos distintos libros, miramos distintos cielos y, lo que es peor, dormimos enredados entre otras pieles.