La penumbra me ha querido esta noche consumida
Me he arremangado las ropas para escribirle y dedicarle esta noche a la recién pasada
Me he desnudado para que me vista un cigarrillo sin procedencia
He querido, esta vez y nuevamente, que la noche y su frío me abrigue
Tengo una pierna recogida, la otra erguida, el brazo y la mano izquierda entregada a un colchón usado entre torpes calenturas y jugueteos inocentes, el brazo y la mano derecha encogidos sobre uno de mis pechos, con el peligro latente de ser quemado por el cigarrillo que me viste.
Esta madrugada no tengo quién abrigue si el perfume sigue detrás de mi oreja
quien me abrigue en un abrazo rasguñado
quien no le tema a mis locuras.
Tengo las cicatrices de besos bien dados,
tengo los places de estirar mi espalda y verme las venas recalcadas en las muñecas,
tengo las palmas sudadas, donde el pulso vivo de mis veinte años expulsa sangre hacia mis letras.
Pero, más que todo aquello, me tengo viéndome los temores
viéndome sin verdades nítidas,
extrañándome,
aborreciéndome,
antojada de tranquilidad,
de libertad,
de locura,
de mentira,
de compañía.
Extrañándote, sin querer verte.
temiéndote, metiéndote en mis noches, y tardes, y mañanas
besándote en el recuerdo que no me satisface.
llamándote a gritos, desde una garganta cansada y mutilada por el fiel cigarrillo que me viste y desviste sin preguntas.
Me he emborrachado de nuestros besos.
Me he mareado de nicotina
te he esperado detrás de una cortina
he escuchado al silencio,
el cigarro ha decidido fundirse,
me ha abandonado y yo a él.
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