sábado, 30 de abril de 2011

01.05.2011 // 23.56

Se le parece al estupor.
Fue tan frágil como las cenizas,
mas ahora se alimenta de mi creciente dolor.
Quiere quitarme la camisa,
dejarme patéticamente abandonada,
desnuda y con el alma congelada.

Así es la puta soledad,
mis ridículos intentos por zafarme de ella
olvidan a la sinceridad.

Hace algunos días la sentí caer,
pero no era más que una ilusión absurda.
Ella está decidida a arraigarse a mis pechos.
Quiere atarme las manos,
enajenarme del mundo,
tomarse mi alma,
para olvidarla,
torturarla,
masacrarla,
azotarla,
hundirla en el fracaso más miserable,
y luego recordármela,
para humillarme,
para apuntarme con el dedo.

Esta puta me vuelve frígida,
porque se reusa a abandonarme,
hace que sienta los pies helados,
aunque el cuerpo ruegue algo de ardor,
me hace mirar al costado,
sentirla sólo a ella.
Es egoísta,
se ríe pérfidamente
mientras me manosea las piernas
y muerde los hombros.

Y por último,
como si no le bastara,
me hace alabarla,
arrodillarme ante su crueldad
y dejarla flagelar mi ultrajada espalda.
Aquí me tiene, esclavizada,
escribiendo para ella.

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