Tengo la cabeza partía entre veinte pedazos,
las cienes se me volaron casi juntas para encontrarse en el centro,
mis ojos vueltos lo vieron todo y entre ellos se enternecieron.
La sonrisa se me arranca aun dormida, encargándose de despertarme para que te reconozca dándote otra de tus mil vueltas por mis deseos dormidos.
Estás ahí queriéndome y avergonzándome.
Un infeliz se ríe de mí luego de una inocente pregunta,
una tormenta de gente se me viene encima con la histeria al medio de la cara,
cierran el metro,
las cienes antes reventadas ahora sudan del encierro,
el aire que me entra por la nariz se hace denso como aceite,
me equivoco,
corro,
un par de peores se lanzan a las vías,
un tipo me toma por los hombros,
le reconozco los dientes,
quiero besarlo excusándome con los nervios,
pero él ha sido siempre peor que cualquier catástrofe.
Logro salir, logro escapar como esas lauchas que jamás serían las heroínas de la historia.
La cuchara me retumba en el pecho entero recordándome aquella locura,
el tipo sigue a mi lado, él sí se ve heroico,
no tiene mis rodillas temblorosas ni la angustia tomandosele la cara,
se sonríe y se siente liberado, casi podrían desplegarsele alas desde la espalada,
pero ni le hacen falta.
El empujón bestial de los latidos en el pecho me confunden los tímpanos,
me siento la palma izquierda en el calor del pecho, pero la misma toquetea la mejilla del héroe,
y ahí está: el rasgo innegable de que sólo existe una palma izquierda,
mientras la otra recuerda enternecida, como los ojos vueltos, la tersura de su piel morena.
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