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Yo, ¿te he herido alguna vez?
-
miles de veces.
¿A quién no le gustaría ser la
Diosa de otro?
Hombre, me diste justo en
el ego.
Y yo, casi sin saber, te di justo
en la deplorable autoestima.
Si parece de cuentos, estamos
hechos el uno para el otro:
Yo te aplasto como te gusta,
y tú me admiras como me gusta a
mí.
-De
diosa,
a
fiel dirías.
Disparé yo.
Siempre disparo yo.
Tú no tienes valor para volarme
las sienes:
puedes fantasear con ello, pero nunca,
nunca lo harás.
Tu única bala es la más baja,
esa que me calienta de un
agarrón.
Eres bueno por los pasillos.
Te dejo:
Dale, tócame,
apriétame,
besuquéame,
y ya.
Luego vuelves a ser el mismo.
Y vuelvo a dispararte,
cada vez que olvido que por ahí
andas,
te mato,
ni la piel te recuerda,
y tú, siempre atento,
sabes y amas -más que a mí- esa
muerte repetida,
para aguardar que de una mirada
calentona te reviva:
Disfrutas cada momento de dolor,
si te desgarra el alma cuánto
mejor.
Hasta vienes a fantasear con más
de mis desprecios,
rogándome por un beso a medio
labio,
y
yo llego -brusca- a oírte darme en el ego,
para sonreírme cada mañana al
espejo.
Oye,
es casi terapéutico.
¿Cómo
no volver por más?
Me
gusta la jugarreta esa de seguirte en tus atrocidades,
pero, como sabes,
pronto me aburro.
Y no quiero ser la Diosa de nadie,
menos
de un suicida,
que ni se suicida,
que ni se suicida,
en cambio ha decidido encajarme como excusa
de
sus dolorosas borracheras.
Yo
no quiero verte más caer a pedazos
ni
sé bien dónde te quiero,
pero mejor será mientras más
lejos.
Anda
pendejo,
te
dejo libre,
para que huyas de mí y te salves,
para
que cuánto quieras me garabatees,
y
me escribas más sobre tus agudas ganas de destrozarme.
Anda,
si no tienes arreglo
y
yo no soy na la madre teresa, mi amor,
pa
estarte salvando a cada rato.
Y
si quieres y te contenta,
entonces
tienes razón:
soy
esa maldita puta
que
vino a pudrirte aún más el alma,
Quédate
como eso, me importa una mierda,
Si
siempre has querido ser aplastado,
aquí
tienes, te doy en el gusto,
yo
no te compro.
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