Dimos tres vueltas en el suelo, tal como si estuviésemos en los cielos, ahí junto a las nubes, donde siempre, amor mío, nos hubieres gustado conocernos y morir, en el amor más absoluto y sincero, ese que no esperaba más que un par de risas, coqueteos, conversaciones inolvidables a acompañadas de unas decenas de quemadas.
Y ¿por qué morir? No... ¿por quién morir? Pues por ti, sí por ti... vida vivida, por ti y tus brutas canciones, por tus poco sutiles piropos. Por ti, desconocido, por ti confiado, por ti andante de vidas, te vestiste de la mía como si fuera cualquier prenda, pero te detuviste, justo cuando empezabas a llenarme los minutos, y la boca... sí, siempre la boca. En qué momento te dejaste llenar las tardes de risitas ridículas y las noches de mis caderas movedizas, donde pareces, hasta hoy, unirte sin problemas, donde pareces ahogarte de placer, donde cierras y aprietas los ojos y quizás qué más que yo no he podido ver.
Te gusto, siempre te he gustado, dudo que nos hayamos conocido si no fueras tan caliente, eres así lo siento y lo sé, y lo sé porque me he hundido aún más profundo en ello. Desde el primer día ¿te acuerdas? claro que te acuerdas... me añorabas, como un dulce quinseañero, querías de mí todo aquello que aún no tocabas, querías de mí toda la calidez que "la morena" debía tener. ¿crees que me avergüenzo? te equivocas... te controlaba con una sola mirada, quedabas atento como un dulce perrito buscado comida, pobrecito, pero qué ternura, pensaba yo hacia adentro, no te miento, siempre han sido mi debilidad esos tipejos que me miran como a un pedazo de carne, porque no cualquiera mira así... no, sólo los realmente perros, esos que se les sale la testosterona por los ojos, me encantan, me encantaste, quise cumplir tu sueño de estar conmigo, de tener y gozar de ese privilegio, lo tomaste, cómo no, si eres de esos perros que no dudan, de esos que tratan de ponerse a mi altura, de ser tan animales como yo, lo siento, no lo conseguiste en un principio, eras sólo uno más tratando, como fuera, de llenarme las ganas, pero yo que quedaba grande, sí con tu calle y tus años en el toqueteo, no fuiste más que un tiernecillo más. El alcohol te ayudaba a ponerte a mi altura, o quizás a mí me hacía decender a la tuya, no lo sé, pero eres rico, eres rico ahí justo en mí, donde no existe nadie más, donde me transportas a otro tiempo, donde todo lo que acabo de escribir solía pasar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario