domingo, 11 de agosto de 2013

Como si sólo levantar la voz, diera realidad a las cosas.
Debo haberte nombrado en tantas griterías, que si de realidad hablo, tú eres el portero.
Jamás recordaría cómo era que se te apretaba el pecho, cuando alguien de pronto decide pescarlo en una palma y estrujarlo hasta que chille.
Recuerdo cada espacio de tu cuerpo. Todos y cada uno.Esa sí es condena, que hasta me hayas violado la memoria. Tu voz me resuena todavía en algún recuerdo, pero ella sí que se despide. Yo te amé, y te amé como jamás hubiese deseado amar a alguien, quien fuese. Te agradezco los besos, las caricias, las canciones, la poesía, las risas, el sexo, los besos de nuevo. Pero, pelusa, las mentiras si que no te las agradezco. Decidí matarte a penas te fuiste, pero tú, escorpión, siempre volvías. Y yo jamás dije no. Te he olvidado tan tajantemente que hasta extraño ese algo que tenía en el pecho, ese constante cansancio, ese ahogo atragantado, ¿qué es lo que era? y luego te apareces. Sí, eras tú. Me marchitaste entera. De pies a cabeza, de pasado a presente, de fin a principio. Cierto millón de noches no me dormí sin pronunciarte antes. Te soñaba sin cesar, y si a caso alguna noche no fuera así, era de extrañarse. Ni más ganas de respirar me dieron. Ni más ganas de hablar, ni de vivir una conversación más. Una de las tantas noches que volviste, de esas casi siempre la última, me dijiste: "estay distinta" -¿distinta? ¿por qué?- "no sé". Yo sí sé. Ya no era alegre, ni expresiva, ni valiente. Todo lo contrario: ahí estaba, moribunda. Y tú, estoico. Recé una noche, desesperada: Ayúdame a olvidarlo. Lo cumplió, quien sea. Y son mis más grandes gratitudes. El dolor tiene algo pérfido y placentero que impide ser borrado, de hecho hasta pide ser repetido.

Las tardes, mañanas y noches hoy se me llenan con quien ha decidido otorgarme un pedestal en su historia. Él me ama tanto o mucho más de lo que yo pude amar ayer. Y le digo, si tú dices amarme más de lo que yo pude amar aquella vez, entonces tu amor no tiene fin. Y él responde: No, no lo tiene. Dice vivir por mí y morir por mí. Soy su fin en mí misma. Y ¿sabes? yo también lo he venido amando hace algunos días. Le tengo un amor confiado, amistoso, gracioso, caliente y valiente. Yo a él ya no le digo más que no. Él, el de los hombros anchos, el de las manos grandes, el de las piernas fuertes, el de las ganas interminables, el niño, el hombre, el amor completo. Dormirme entre sus brazos parece la tarea más sencilla, besarle el cuerpo un placer, mirarle los ojos una ternura, escucharlo amarme: pura vida. Él pelió por mí, me fue fiel hasta con las convicciones, el no se dejó llevar por ninguna opinión, me prefirió sin jamás tener dudas ante nadie ni nada. Este amor mio es valiente, siente como deber destruir barreras para llegar a mí, no les teme. Y yo, ya no le temo más a él. Quiero empaparme de su sangre, de sus memorias, sus penas y locuras. Quiero volvernos uno, y lo quiero sólo ahora que sé que así se va poniendo la cosa, y sí, la acepto, la quiero.

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