en el viejo puerto,
canturreando alguna de tus historias,
o concentrado a media mañana,
o, a veces, toquetiando a alguna mujer de mala calaña.
Vivo y vivido siempre,
el miedo a tener miedo, te vuelve más valiente.
Ni siquiera me importa si me ves aquí,
si me diriges alguna palabra luego de mirarme de reojo,
o si te maravillas con estos delirios míos que me abofetean a su antojo.
Yo vengo a contemplarte,
a inventarme quién eres,
yo llego, calladita, a mirarte e imaginarte perfecto,
si me hablas, lo estropearás,
así que mantente ahí,
con el mar a tus espaldas, la guitarra vieja, la piel morena, el bigote oscuro, un libro de Hermann Hesse, Galeano o Nicanor Parra, un gorro chueco y desaliñado y, si no es mucho pedir, una pluma en el bolsillo de tu camisa.
Así me gustas, justo en el gusto, donde yo puedo decir lo que piensas y no me decepcionas. Eres todo mio, todo nuestro; la forma la pones tú, yo las ideas.
Eres el amor, el retrato de que -desde aquí donde te miro- la perfección existe, ahí en mi imaginario,
donde todo me gusta y si no,
retrocedo y lo cambio...
Pero ¿qué haces? no has oído mis ordenes... Te me acercas patudo, y resulta que llegas a ponerteme en frente y preguntarme si te regalo una gamba; con una voz de pito suavecita, una sonrisa gratuita, con un par de distes chuecos y mal aliento. Ay ¡Amor, qué has hecho! Con cuánta dureza me has azotado contra el pavimento, ahora, de golpe, me desagradas y -teniendo la gamba- te digo: "no wn, no tengo plata""
Yo vengo a contemplarte,
a inventarme quién eres,
yo llego, calladita, a mirarte e imaginarte perfecto,
si me hablas, lo estropearás,
así que mantente ahí,
con el mar a tus espaldas, la guitarra vieja, la piel morena, el bigote oscuro, un libro de Hermann Hesse, Galeano o Nicanor Parra, un gorro chueco y desaliñado y, si no es mucho pedir, una pluma en el bolsillo de tu camisa.
Así me gustas, justo en el gusto, donde yo puedo decir lo que piensas y no me decepcionas. Eres todo mio, todo nuestro; la forma la pones tú, yo las ideas.
Eres el amor, el retrato de que -desde aquí donde te miro- la perfección existe, ahí en mi imaginario,
donde todo me gusta y si no,
retrocedo y lo cambio...
Pero ¿qué haces? no has oído mis ordenes... Te me acercas patudo, y resulta que llegas a ponerteme en frente y preguntarme si te regalo una gamba; con una voz de pito suavecita, una sonrisa gratuita, con un par de distes chuecos y mal aliento. Ay ¡Amor, qué has hecho! Con cuánta dureza me has azotado contra el pavimento, ahora, de golpe, me desagradas y -teniendo la gamba- te digo: "no wn, no tengo plata""
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